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La Escuela de Negocios ALITER, sede del FORO GANIVET

EL FORO GANIVET

El Foro Ganivet toma su nombre de Angel Ganivet (Granada, 1865 - Riga, 1898), humanista, ensayista y escritor español, cuya obra giró fundamentalmente en torno a la preocupación por la decadencia moral y política de la España de finales del siglo XIX.


Partiendo de la honda preocupación por la situación análoga en la que se encuentra sumida la España del siglo XXI, surge la idea de crear un foro independiente, sin ánimo de lucro y cuyo objetivo principal es facilitar el debate, la reflexión y el intercambio de pensamiento. Un foro desde el cuál promover la cultura y los valores esenciales, como el mejor -y quizás único- camino para que nuestra sociedad pueda recuperar el sentido común y avanzar con paso firme hacia el futuro y la prosperidad.


Con objeto de conseguir la mayor implicación de los ponentes y asistentes y que cada intervención sea expresión del punto de vista más íntimo y personal, se utiliza un formato de grupos reducidos, que normalmente no superan las 12 personas. Los encuentros tienen lugar al medio día y el programa esta basado en la intervención o ponencia del invitado, de unos 30 minutos de duración, seguido de una comida informal y finaliza con una tertulia de unos 60-90 minutos durante el café, en la que se procura que participen todos los asistentes.


La asistencia al foro es gratuita y exclusivamente a través de invitación directa y personal y los ponentes también participan de forma altruista.


Los encuentros tienen lugar en ALITER (C/. Maestro Ripoll, 18 28006 MADRID), Escuela Internacional de Negocios, especilizada en masters en biotecnología, nanotecnología, relaciones internacionales y comercio exterior.



FUNDADORES:


Martín Hernández-Palacios, empresario, abogado, Diplomado en la Escuela Internacional de Estudios Internacionales, escritor, socio y Director General de Aliter.

Alfredo Alvar Ezquerra, historiador, escritor, investigador del CSIC y Académico de la Real Academia Española de la Historia.

José Ignacio Ruíz, historiador, investigador, Academico de la Real Academia Española de la Historia y Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá de Henares.

Antonio Medrano, filósofo, docente y escritor.

Miguel Angel Recio Crespo, abogado, MBA, Ex-gerente del Consejo General de Patrimonio Nacional y Vocal Asesor de la Dirección General del Tesoro.

Jaime Olmedo Ramos, historiador, escritor, Director del Diccionario Biográfico Español, Académico de la Real Academia Española de la Historia.

Jaime Gullón, economista.

Alberto de Zunzunegui Balbín, empresario, Director General de Naviera Diamond, Vicepresidente de la Federación Española de Alquiler Náutico, Académico de la Real Academia Española de la Mar. Fundador de Humanismo y Valores.

22 de diciembre de 2010

DE LA COMIDA EN EL MESON DE SALVADOR Y DE LO QUE DON MARTIN NOS CONTO AQUEL DIA


Diz que la vida es breve, más con todo es vida y dura lo que dura. Así, en lo breve, como en lo prolongado, uno encuentra felicidad o dolor, según sea la condición de lo sucinto o de lo holgado y no tanto por su duración. Breve, si, pero no dos veces más vida por ser más corta, que en pudiendo, bien viviera yo el doble de lo acordado por el destino, aún que a ratos me aburriera, pues con el tiempo, a buen seguro que también aprendería a llenar lo aburrido con distracción… ¿seguiría entonces siendo lo breve dos veces bueno? Más parece que a fuerza de falacias y cuentos pretenden algunas almas mezquinas darnos generoso consuelo a los que disfrutamos del sano y vital encuentro con la vida, pues por mucho que pienso en ello, a mi lo que se me antoja no es sino que la vida es breve y que lo breve, si bueno, dos veces breve. Más vayamos a lo que nos ocupa, que para divagar sobre la divinidad de la comedia y la brevedad de lo bueno, tiempo habrá antes de dar fin a estas líneas.

Fuera por lo entrañable de las fechas, por idea de Don Martín o porque ya tocara, aquel día el ágape acontecía extramuros de nuestro habitual falansterio. Con la ilusión compartida por montera, poco hizo falta para que, de una u otra manera, la mayoría de los habituales nos echáramos a la calle sin dudarlo. Y así nos llegamos hasta el castizo barrio de Chueca, venido a Doñana urbano para palomos cojos, pichones desplumados, garzas empingorotadas de oropeles, garzones narcisos, gallinas de guinea y alrededores, zopilotes y otra gran variedad de aves autóctonas y migratorias. Más como en la vida misma, entre tanto pájaro de cuenta siempre hay aves canoras, como Maese Salvador, el buen mesonero que ese día nos ofrecía caldo de cuchara y plato de cuchillo, pues ambas cosas componen un buen cocido. Con todo y aunque el ágape mereció algún elogio, al final resulta que hasta las aves más nobles terminan dando el cante y metidos a pájaros de cuenta, pues tras los postres, vino el estoque. Ya me parecía, ya, que entre tanto torero, capote y morlaco, acabaríamos recibiendo algún puyazo. Pero hablemos; hablemos de lo bueno, antes que de lo malo, pues lo primero fue mucho y de lo segundo apenas este pequeño sorbo, apenas un trago.

Ya de recién llegado, descubrí que entre todos aquellos toros, toreros, capotes, muletas, monteras, castoreños, estoques, banderillas, pitones, monosabios, orejas, rabos y camaradas, también había –al parecer- un enano hideputa escondido bajo la mesa, a decir del buen Maese Alfredo, que de leyendas también debe saber un rato. Un trasgo avieso y esquinado, pues a la que descuidabas la zaga… ¡zas! hasta la rabadilla te endiñaba con el descabello, aquel sátiro achaparrado. Mal empezaba la pitanza, pues habíamos acudido a llevar la cuchara del plato a la boca, no a que nos dieran morcilla por la popa.

Sorteada la posibilidad de tan mal encuentro y ya más sosegado el ánimo una vez sentado y cubierta la retaguardia, pronto nos metimos en faena. Al punto pensé: “qué bien: viandas de nivel y buena compañía. Eso si que es un encuentro en las alturas… y Don Alfredo pronto estará dándole al armonio, tal que hizo en la inolvidable jornada de Viso del Marqués”… Más hete aquí que el infeliz estaba aquel día de secano y por más que lo intentamos todo fue en vano: el armonio estaba allí, pero no debidamente templado. Eso sí, en algún instante lo plañó de manera tan brillante como fugaz, pues no tardó en recordarnos que en verano había estado en Canadá… ¿en Canadá?... ¡Quía!, nada sabíamos de tal viaje, pues lo anunciaba aquel día a toro pasado y como novedad. Cómo guarda el muy bellaco lo bueno, como en bodega, con los mejores caldos. También tardó poco en dar cuenta del marchito esplendor de su barrio, el de las letras, pues que diz que mudó a barrio de las letrinas, más no por que hubiere menguado el tamaño de sus vocales o consonantes, sino por la grandísima crecida en inmundicia que como río caudaloso e imparable desborda las calles con su avenida. Y es que al final todo ese buenismo –el todo vale- que tan caro nos venden nuestros políticos, en lugar de paz, prosperidad y armonía, a la postre parece que llena las calles de zurraposos, holgazanes, pícaros, prostitutas y menesterosos. Y basura, mucha basura, como ilustraba y daba cuenta el bodegón de mierda, que ufano enseñaba, inmortalizado en su teléfono, el morador de aquel barrio.

Tras el paseo etnográfico y ya mediada la sopa y el fideo –delicioso comienzo-, le llegó el turno al masón, que por algún resquicio se coló en la conversación de la mugre. Y así, aplicarnos al garbanzo que ya nos servía el mesero en la mesa de su mesón, mientras hablábamos con mesura del masón y el masoneo fue todo uno: que si aquel lo es, que si el otro diz que lo fue, que si este también… España entera, qué digo: el mundo entero, parecía que amasaba masones aquella tarde de mesón. Queda pendiente, para ilustrar a la masa, la charla sobre la masonería, que desde tiempo ha nos debe el Maese Antonio, y así estaremos mejor pertrechados para la próxima plática de mesón sobre el masón. Ya lo dice el refrán: “cuanto más masón, mejor se pasa”… ¿o era “cuándo más mesón mejor se pasa”?... en fin, en todo caso parecido, que de esta guisa la rima es mala.

Y del masón al paseón… el de Santiago, digo. Al paso hacia la panza de la panceta, de los garbanzos y el chorizo, de la gallina, el pollo y el repollo, del morcillo y la morcilla, cargábamos energías para rememorar el camino del apóstol de España. Daba igual cómo:

- “Yo lo hice andando”…
- “Quía, bellaco; yo me fui pedaleando, desde Madrid y en siete jornadas”…
- “Nada, nada; para hacerlo bien hay que ir en solitario”…
- “Pues en una ocasión empezamos diez y terminamos dos”…

Hay que hacerlo; hay que andarlo… ¡Ganivet y cierra España!... ¡todos al Camino de Santiago! La euforia del vino, la cuchara y el garbanzo nos había convertido a todos en andarines: del mesón al paseón. El de Santiago, o si no el de Don Quijote y Sancho, que ancha es Castilla y si es por andar, el camino del de Lepanto tampoco es manco.

Ahora, que ese, diz Don Ignacio de hacerlo en primavera y en jumento... ¡pues será con las piernas colgando y escardando el campo, barrunto!... Allá va Don Martín, de largo y en pollino, sin saber si va de pie o viene sentado… El sabio Medrano: con nueve lenguas y hablando a un asno… Maese Olmedo, cuarenta mil homenajes y para él escoge emular a Sancho; cuánta humildad y qué disparate… Y Doña Elena y Doña Pilar ¿montarán a la amazona? ¿en jumento?; pues perderán la melena y hasta los empastes. Don Manuel, de banquero a vaquero, del Asnef al asno… ¡toma cotización al alza! Maese Ignacio; menuda chufla si una de esas fotos llegara a rodar por la facultad del Henares: de Decano a Rector, en un estertor... de risa, claro. Y Don José María, emulando a María y José en su paseo de Nazaret a Belén, o tanto da si es de Almagro a Puertollano. Maese Miguel Angel a lomos de un onagro, ¡eso si es un cuadro!; ¿quién no pagaría por verlo expuesto en el Thyssen?.... ¡y hasta en El Prado! Maese Gullón, tan grandullón y letrado, ¿haciendo carreras de zopencos?... ¿Y Nos?... vaya escena, el nuevo Sancho, el de la panza… ¿podrá el burro con el equivalente a dos?... Lo ignoro, pero cuando menos, me parece osado, aventurado, descabellado y desmesurado… Una faena para los pollinos; un dislate para los emborricados... ¡gran desgracia para el infeliz asnerizo! Por todo ello y más; por vuestro honor y el mío; por estética y hasta por respeto al buen nombre de Rucio y el de la panza, mejor hacerlo a caballo, que es parecido, pero no es lo mismo. No; por la Santísima Trinidad, que eso sería otra cosa, más cabal y bastante más decorosa.

Terminada la gallina y el desvarío y una vez recogidos los aperos de pitanza, le llega el turno a los postres y al café. Puros no hubo; es un foro de aire sano, hasta cuando toca celebrarlo. Afortunadamente –pienso- el enano sigue sin aparecer; correr sin haber comido hubiera sido un dislate, pero aseguro que jamás me hubiera cogido el malhadado retaco de afilado estoque. Hacerlo tras el ágape, hubiera sido patético; un desastre. Como en trafalgar, el miserable paticorto habría hundido la flota en dos andanadas; eso si, a Dios pongo por testigo que como Gravina, Churruca y Alcalá-Galiano, antes habría perdido la vida, que sin luchar, dejarme dar por el… Pues eso. ¡Enano cabrón!

Más mira tú por dónde, cuando ya la jornada parecía cumplida, hete aquí que Don Martín nos tenía reservada soberana sorpresa en forma de piñata, para gloria de los anales de las sobremesas… Una piñata rellena de verborrea y verbigracia: ingeniosa, amena, jocosa, disparatada, genuina y como a él le gusta, típica de nuestra querida –amada- España.

Pues no va el muy condenado y con dos palazos, estalla el talego del ingenio y nos cuenta de cómo fue obligado a dar la vuelta al ruedo, mientras intentaba zafarse de un rabo pegado a su cuello. Diz que aconteció en Mozonzillo, pueblín de Segovia que para el común de los mortales ni sonará, o a lo más tratará de ubicar allí donde el Señor perdió los clavos. Tarde de luces. El coso de Mozoncillo repleto a rabiar de boinas y manolas, con profusión de grises y negros; estamos en la sobria Castilla y León. En el centro del ruedo, un torero de afición y mala vista; la que al parecer tuvo para dedicarse a tal profesión; vamos, que lo de los toros no era lo suyo. Eso por no hablar de no se qué accidente que le tuvo la cabeza hecha un cuadro y del que no quedó muy claro si salió airoso o le quedo tara, por culpa de un hermano que intentaba asesinarle por lo bajinis, a base de dispararle la función de la risa mientras convalecía con la cabeza amarrada a la cama. Vamos; un melodrama… una pintura cubista, o como dijo Don Martín, una película de Saura.

Será o no será el efecto de la vendimia –poco vino ingirió el ínclito durante la comida-, pero aquel relato parecía de mentira y movía a desternillo. El caso es que siendo él el gran invitado -Don Martín seguía contando-, le habían concedido el dudoso honor de contemplar la faena desde el foso, junto con el resto de la cuadrilla del desatinado matador. Y por una extraña y desafortunada -como se verá- conjunción de los astros, aquel día el fulano vino a triunfar en el coso de Mozoncillo, afamado en la zona, especialmente entre los pastores de Carbonero el Mayor, Tabanera la Luenga y Escarabajosa de Cabezas. Pañuelos y una oreja; más pañuelos, para que de la vuelta al ruedo en hombros, como parece que reza la tradición taurina. Y Martín, muy ufano, contemplando el espectáculo; ¿qué digo contemplándolo? Viviéndolo desde adentro; formando parte de él; en perfecta sincronía y vibrando con la fiesta; una unión cósmica y sincrética de la cultura y el arte; sintiendo como propio el triunfo del amigo de luces… hasta que un cuadrillero le grita emocionado, casi llorando:

- Ea, Martín: ¡cóhelo en hombros!
- ¿Uh?
- Que si, coño; que salgas y le cohas en hombros… ¡pero ya, desgraciao, ya!
- Pero si…
- ¡¡Que salgas, cohonesss!!... ¡daleeee!

Y allá va Don Martín, más encogido y arrugado que un higo seco, para salir, en escorzo timorato, por el burladero y plantarse –con las piernas temblando- en mitad de la plaza de toros de Mozoncillo, provincia de Segovia. El público jaleando, pañuelos al vuelo… ¡la fiesta nacional en todo su apogeo! Y Don Martín, navegando la arena de un tendido a otro, arrastrando los pies, pesados como el plomo. Y tras fugaz pero interminable paseo, alcanza al del traje de luces y la muleta doblada bajo el sobaco… Decidido en un mar de dudas, asume hacerse cargo del mandado y ni corto ni perezoso, allá que mete la cabeza, humillado, entre una y otra ingle del espada. Silencio; el follón de la plaza es mitigado por las carnes prietas de las poderosas piernas del matador, aplicadas sobre la orejas de Don Martín, pues el ganapán era medio tarado y pésimo torero hasta ese día, pero fornido -según nos contaba-, que con el perifollo cerca de las diez arrobas andaría. Animado por las alharacas de los cuadrilleros, Don Martín echa el resto: acuclillado, se aferra a los cuadriceps del de las luces y empuja como un alhamel encelado, tratando de elevar al diestro por encima de los mortales. Y mientras enrojece, resopla, rebufa, tira de cuello, empuja de piernas y cierra el ojal, siente en la nuca el cantimpalo del fornido espada. Esto es un sueño; una pesadilla. La plaza encendida y el matador que sigue pegado al suelo, con Don Martín entre las piernas…

- ¡Tira!... ¡tiraaaaaa!, le grita el banderillero
- No, si tirar tiro, pero no puedo
- ¡Tira!... ¡¡Tiraaaaaaaa, condenaoo!!
- Si es que.. por más que empujo…

Y cuanto más empujaba, más sentía el cantimpalo clavado sobre su cabeza, que corona de espinas más humillante no habría; nada peor que aquel pilón a modo de menhir sobre su testa… Eso y los pies del toreador sin moverse del suelo, que más pereciera que habían sido fijados –a mala leche- con unos clavos. Allí acabó la cosa para Don Martín, que fugazmente fue depuesto del cargo en un instante; a rey muerto rey puesto y el torero –por fin- por los aires. Para unos, vuelta al ruedo y para otros vuelta al burladero. Escorzo de entrada avergonzado y un juramento: ¡ojala el mundo se hubiera acabado!

Jornada aciaga la de aquel día, más recordándola de tal manera, a todos movía a risa; genial la historia y excelso el protagonista en su forma de narrarla. Fantástico postre, la guinda, para nuestra comida, que ya había dado de sí lo que tenía que dar y como quiera que algunos tuvieran menesteres que terminar allende el mesón, con la anécdota y con Dios se dio por concluida.

Al despedirme del local, me volví a fijar en el cuadro de Manolete, que nos había acompañado durante la comida: “La última sonrisa”, rezaba lacónico el pie de foto… Supongo, que tras las puertas de toriles esperaba Islero. Más con todo y lo trágico, pensé que ya que todos hemos de morir, mejor hacerlo así: con la sonrisa en los labios… haciendo un guiño a la vida, disfrutando de ella, brindando por ella. Y si fuera posible, haciendo sonreír también a los demás.

6 de abril de 2010

SITUACION ACTUAL Y FORO GANIVET - Reflexión Personal


“No somos disparados a la existencia como una bala de fusil cuya trayectoria está absolutamente determinada. Es falso decir que lo que nos determina son las circunstancias. Al contrario, las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter”.
José Ortega y Gasset


Si algo ha quedado de manifiesto a lo largo de estos más de dos años de existencia de nuestro foro y a través de las diferentes intervenciones de los invitados y las posteriores tertulias, es la delicadísima situación por la que atraviesa España y la necesidad urgente de conseguir una regeneración social y en particular aquella que haga recobrar a la sociedad el sentido común y una vuelta a los valores esenciales.

Más allá de los temas concretos que se han ido tratando e incluso de los límites que establecen nuestras fronteras, se percibe con claridad que en la génesis de los problemas que afligen a nuestra sociedad se encuentra una profunda crisis de valores, que es en definitiva la verdadera patología que aflige al hombre occidental del siglo XXI. El bien, la verdad, la belleza… esos principios o valores elementales, que de manera tan brillante explica y difunde nuestro querido maestro Antonio Medrano, están en claro retroceso, frente a la proliferación de sus correspondientes antivalores: la maldad, el dolor, el perjuicio; la falsedad, el engaño, la artimaña; la fealdad, la deformación, lo grotesco. Una bajamar que deja al descubierto el fondo del ser humano, que facilita la aparición de negras excrecencias sobre el alma y que permite ver el detritus que nuestras peores pasiones acumulan en el limo de nuestro corazón.  Ante este sombrío panorama, no es difícil que la desolación se adueñe de nuestro ánimo, en la misma proporción que aumenta nuestro conocimiento sobre la situación imperante.

Llegar a un consenso en cuanto a la forma concreta de conseguir esa necesaria regeneración social, no es tarea sencilla y lo mismo ocurre con el grado de implicación o el papel que estemos dispuestos a asumir frente a la situación actual, algo que sin duda entronca directamente con las circunstancias personales de cada uno. Aún con todo, creo que no sería difícil aceptar que aquellas personas a las que la vida ha favorecido con un razonable grado de conocimiento, ciertas dosis de cultura y la oportunidad de haber sido educadas en valores o en la esencia del cristianismo, tenemos una responsabilidad que no deberíamos eludir. De la misma manera, también podemos estar de acuerdo en que cualquier solución para regenerar a nuestra sociedad debería pasar –o al menos sería deseable que así fuera- por esos dos conceptos eternos y universales: la inteligencia y el amor. Inteligencia entendida como sabiduría, conocimiento, ciencia, equilibrio, comprensión de la vida, de nuestro mundo, de nuestros semejantes.  Amor, entendido como generosidad; amor por nosotros mismos; amor por el bien, la verdad y la belleza; amor por la naturaleza en todas sus manifestaciones; amor por el ser humano, por lo que hemos sido, somos y seremos; amor por el pasado, por el presente y por el futuro de nuestra sociedad. Amor por la Vida.


Si estamos de acuerdo en que la evolución del ser humano y el futuro de nuestra sociedad deberían cimentarse sobre esos dos conceptos, también será fácil caer en la cuenta de que su ausencia pone en serio peligro nuestra existencia y nuestra continuidad como especie. Así, una sociedad que fomenta el embrutecimiento, la necedad, la incultura y la ignorancia; una sociedad que promueve el egoísmo, el odio, el aborrecimiento, la deshumanización y el desamor, es una sociedad abocada a la involución y a la destrucción. Una sociedad, como la nuestra, regida por poderosísimas corrientes de intereses particulares, que nada tienen que ver con eso que denominamos inteligencia o amor, es una sociedad marchita y decadente. En definitiva, una sociedad en la que prevalecen las peores pasiones y de los vicios o defectos más arraigados en el lado oscuro del ser humano, como el egoísmo, el apego al poder, las envidias, la codicia, el hedonismo, el materialismo, el nihilismo o el consumismo desmedido, es una sociedad, cuando menos, poco deseable y con un futuro incierto. Vicios y defectos que a todos, en mayor o menor medida, nos terminan por afectar. Quizás, entre otras cosas porque, de alguna forma, esos aspectos también forman parte de nosotros y porque con frecuencia, además de ser víctimas, también nos convertimos, inevitablemente, en cómplices. Incluso a veces, en verdugos.

Afortunadamente, hasta ahora y a lo largo de la historia, la tecnología o más bien la ausencia de ella y el alcance importante, pero limitado, del dinero, han permitido mantener un cierto equilibrio o moderación entre el lado oscuro y la parte más humana de nuestra especie. Un equilibrio que no venía dado necesariamente por el autocontrol, la moderación, el amor por nuestros semejantes o en virtud de esa dualidad universal que mantiene el equilibrio entre el mal y el bien, entre la luz y la oscuridad –el ying y el yang de las filosofías orientales-, sino sobre todo por los límites impuestos por los medios de manipulación, control y destrucción al alcance del ser humano. Un límite que hasta ahora también venía impuesto por la posibilidad de sobrevivir, bajo determinadas circunstancias, incluso en ausencia del dinero. Con todo, la sociedad también ha venido estableciendo ciertas barreras a la hora de aceptar que determinados individuos lleguen a hacerse con el poder y siempre ha habido excesos que, incluso para una civilización decadente, no son tolerables, como aquellos que constituyen un riesgo para la raza humana y en particular – y ese es el verdadero límite-, todo aquello que pone en peligro la continuidad y el “statu quo“ de los poderes económicos o políticos establecidos.

Sin embargo y a pesar de todo, a medida que la sociedad ha ido “evolucionando” y particularmente en las modernas civilizaciones occidentales, el equilibrio parece estar rompiéndose de manera definitiva: el desarrollo tecnológico y el aumento del poder y alcance de la economía de consumo y del dinero en general –omnipresentes y absolutamente necesarios incluso para nuestra más elemental supervivencia-, están desnivelando la balanza. Una tecnología que ya no se encuentra exclusivamente en manos de unos pocos privilegiados y a la que cada día se tiene mayor facilidad de acceso, incluso por parte de elementos altamente peligrosos para nuestra sociedad, que los poderes establecidos no siempre son capaces de mantener bajo control. Una tecnología cuyo alcance, a todos los niveles, es cada vez mayor y que incluye la posibilidad de una destrucción total, o parcial a gran escala, de nuestra especie. Una tecnología que, sin duda alguna, facilita nuestras vidas, pero que a la vez confiere la posibilidad de manipular a las masas a través de los medios de comunicación y mediante el fomento del consumo masivo e indiscriminado de bienes y servicios no siempre necesarios, configurando un perverso sistema retroalimentado.

Paralelamente y también en parte impulsado por el desarrollo tecnológico, el dinero se ha convertido en un elemento esencial de subsistencia, en el eje sobre el que, inevitablemente, gira nuestra vida, transformando su innegable utilidad, en un auténtico culto enfermizo, en una idolatría obsesiva y fanática, que más allá de un sano y legítimo derecho de prosperidad y bienestar, ha llegado a convertirse en un yugo al que sometemos nuestra voluntad, nuestra libertad, nuestros valores, e incluso la propia razón de nuestra existencia.

Casi sin darnos cuenta, la civilización occidental parece ir avanzando hacia posiciones difícilmente asumibles desde el punto de vista moral. Lo que hasta hace muy poco nos sonaba a ciencia ficción, empieza a materializarse ante el análisis de lo que esta ocurriendo. Por eso, ya no resulta descabellado pensar que cada vez estamos más cerca de ese “Mundo Feliz”, que pronosticaba Aldous Huxley en 1932 y en el que ya advertía sobre la peligrosa combinación que constituye la unión de la tecnología y el poder. Al igual que en su novela, parece que en nuestra sociedad la felicidad sólo se puede alcanzar tras prescindir de elementos como la familia, la cultura, el arte, la religión o la filosofía… La diferencia, la grandísima diferencia, es que, a cambio de esas renuncias, en la novela de Huxley, la pobreza y las guerras han sido erradicadas. Si así fuera en la realidad, tal vez yo también aceptaría con agrado –o al menos con resignación-, ese modelo de sociedad, que así planteado podría ser incompleto, pero razonablemente llevadero. No tenemos nosotros esa suerte y nuestra compensación no son más que unos efímeros fuegos artificiales, unas miserables combustiones fatuas o, más sencillamente, simples flatulencias de una mala digestión, que hacen sucumbir a nuestro planeta bajo el hedor del hambre y la destrucción. Y así, no sólo es prácticamente imposible encontrar la felicidad, salvo que uno se suma en la más completa ignorancia y acalle su conciencia, sino que el modelo es manifiestamente insostenible.

De esta forma y gracias al consumismo, al poder creciente del dinero y a la mala utilización de los modernos medios de comunicación, en especial a través de la televisión y el tratamiento binario de la información, el ser humano –o mejor dicho la parte más humana del ser humano- esta perdiendo la batalla, pues se están trastocando a gran velocidad los valores de referencia, hasta el punto de que una vez aniquilados los últimos reductos del pensamiento crítico, nuestra sociedad difícilmente tendrá una posibilidad de vuelta atrás.

Así, en España y en general en las sociedades occidentales, existe un “stablishment” en donde los poderes económicos y políticos se han adueñado de la sociedad, hasta el punto de manipularla a su antojo, mientras disfrazan su miserable actuación bajo la apariencia de democracia, libertad y bienestar. Para ello se sirven del control de los medios de comunicación, de los órganos de poder públicos y privados, de la destrucción de la cultura, la religión y los valores de referencia, de la injerencia en la justicia, e incluso de la manipulación de las leyes que regulan la vida en sociedad. Paralelamente, e impulsado por toda esta corriente, se fomenta un consumismo desaforado, que nos convierte en esclavos del dinero, hasta el punto de necesitar prostituir nuestros valores y nuestros ideales, para poder pagar las facturas a fin de mes. Y es que para mantener y disfrutar nuestro nivel de vida, para aceptar el sistema social en el que estamos inmersos, inevitablemente debemos someter y amordazar a nuestra conciencia. Lo contrario sería sencillamente insoportable.

Inmersos en este patrón de decadencia moral y social, no resulta difícil llegar a la conclusión de que la justicia es relativa, que no todas las vidas valen lo mismo, que las reacciones del mundo “civilizado” no son siempre iguales ante la tragedia de una guerra, de la muerte prematura, de la violencia o incluso frente a la destrucción de la naturaleza y los medios de subsistencia. Cuando no existe un inmediato peligro para la vida y en un escenario favorable a los intereses de determinados grupos de poder, la tolerancia y el margen de permisividad aumentan hasta límites insospechados, especialmente cuando la sociedad civil brilla por su ausencia, cuando los valores están en crisis, la religión desaparece, o allí donde la incultura, la necedad, la indolencia y la estupidez humana asientan sus reales. El espacio vacío que dejan la ausencia de inteligencia y la carencia de amor, es inmediatamente ocupado por la ponzoña y el detritus que también llevamos dentro los seres humanos, especialmente cuando ello es alentado, alimentado, promovido y manifiestamente recompensado, por una sociedad que ha extraviado el rumbo.

Como consecuencia de todo ello, el pensamiento crítico del ser humano va desapareciendo, hasta instrumentalizar y relativizar todo, hasta admitir lo inadmisible. La educación se manipula –especialmente la educación en valores- y se va relegando a un segundo plano. La religión se abandona, para terminar adorando a los dioses del dinero y el poder, a los ídolos de la fanfarria y el esperpento; para arrodillarse ante las deidades de la estadística y la intención de voto. Tal y como señala Robert Spaemann cuando distingue entre la ética del deber y la ética de la responsabilidad cristiana, en el mejor de los casos, cumplimos con nuestros deberes en base a lo legalmente establecido y en función de lo socialmente correcto, pero adormecemos el código ético y dejamos a un lado la verdadera responsabilidad moral que tenemos con nosotros mismos y, sobre todo, con nuestros semejantes.

Por descontado, con toda probabilidad no existe un plan general, una única estrategia, o una fuerza oculta que manipule todo estos mecanismos para conseguir unos fines determinados. Es algo más sencillo: se trata únicamente de una suma de pasiones humanas, de una confluencia de intereses; de nuestros peores defectos y sus mayores exponentes haciéndose con el control de la sociedad. Nada nuevo bajo el sol… salvo el mencionado poder creciente del dinero y la perversa utilización del desarrollo tecnológico.

Como hemos constatado en diferentes ocasiones en nuestro foro, esto es algo que ya esta ocurriendo y basta –para quien quiera verlo- con abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor, para darse cuenta de la gravedad de la situación, de que la misma es insostenible y que el equilibrio que mantiene el orden social que conocemos esta a punto de romperse. En mi opinión, que reconozco no tiene mayores fundamentos empíricos que el análisis y la reflexión ante éste sombrío panorama y no deja de ser una mera intuición, quizás no nos queden más allá de diez años, antes de que nuestra sociedad empiece a descomponerse de manera definitiva e imparable… si no hacemos algo antes por evitarlo. Esa y no otra es la realidad en la que estamos inmersos. Y si alguien cree que esta situación es sostenible, bastará con mirar hacia atrás en la historia, para darse cuenta de la dificultad de invertir la decadencia de una civilización una vez ésta ha adquirido cierta inercia, o en qué terminan los desequilibrios sociales, cuando alcanzan determinada magnitud.

Por ello, creo que no es exagerado decir que el tiempo se nos acaba; que cada día que pasa la situación se va deteriorando a pasos agigantados y que el terreno empieza a estar abonado para que las catástrofes empiecen a suceder en cualquier momento… O mejor aún, ¿no han empezado a ocurrir ya? El embrutecimiento de nuestra sociedad, la pérdida de valores, o el relativismo galopante se han convertido en algo con lo que convivimos a diario. Hechos como el 11-S o el 11-M, las guerras por el petróleo o las crisis financieras y económicas o los éxodos impulsados por el hambre, ya son una realidad y un indicador claro de la fragilidad de un sistema que hasta hace poco parecía incuestionable y cuya sostenibilidad suscita hoy, cuando menos, serias dudas. El aumento de la corrupción, los gastos suntuosos de ministerios, autonomías y ayuntamientos, o incluso el propio gobierno del Sr. Zapatero y su pléyade de incompetentes, son otros ejemplos de la decadencia en la que estamos inmersos. ¿De verdad pensamos que nuestra sociedad puede soportar por mucho más tiempo tanto despropósito? Desde luego y a juzgar por nuestra laxitud, parece que muchas veces preferimos ignorar el altísimo precio que al final estamos pagando, pero sin duda estamos malversando nuestra existencia e hipotecando nuestro futuro.

Y mientras todo esto ocurre, la clase dirigente, nuestros políticos y en general todos aquellos quienes tienen la posibilidad, la obligación, el deber y la responsabilidad de poner remedio a la situación –o al menos intentarlo de forma seria y efectiva-, se dedican mayoritariamente a defender sus intereses particulares, a despedazarse por mantenerse en el poder o por alcanzarlo, a no perder sus activos financieros, o a que sus poco honestos negocios y los partidos políticos –unos y otros inmundos chiringuitos de egolatría y codicia extrema-, sigan obteniendo beneficios en forma de dinero y/o votos… cuando no ambas cosas a un mismo tiempo.

Una clase dirigente –tanto política como civil-, mayoritariamente indigna, infame, irresponsable, insana, iletrada, impresentable, inhumana, desleal, y absolutamente mediocre, inconcebible en una sociedad evolucionada y que de forma invariable esta llevando a la raza humana a su destrucción… Una clase dirigente, que como en un negocio piramidal, su única preocupación consiste –y eso es lo único que nos concede un tiempo todavía- en ir pasando la bola hacia abajo, para que toda la podredumbre que están generando nos les estalle entre las manos y les impida disfrutar de todos esos bienes –riqueza y poder- acumulados de forma tan infame. Olvidan, en medio de esa orgía de destrucción de valores, dentelladas entre ellos y patadas a la vida, que antes o después las cuentas y los balances terminan por ajustarse y que cuando se rompen los equilibrios surge la catástrofe, a modo de ley universal, como único remedio para volver a un estado de equilibrio. El consuelo, mi gran consuelo, es que no existe un lugar en el futuro para ellos: o bien porque nuestra sociedad habrá sido capaz de evolucionar y no admitirá semejante perfil entre sus líderes… o bien porque la sociedad habrá dejado de existir como tal. Obviamente, mi empeño es luchar por la primera de esas opciones.

Por descontado, no se puede eludir el hecho de que los impulsos suicidas que empujan nuestra sociedad hacia la destrucción, forman parte de las peores pasiones que acompañan al ser humano desde el mismo origen de la especie y por ellas nos llevamos aniquilando desde hace miles de años. Por ello, sería ingenuo y pretencioso pensar que ninguno de nosotros tenga la capacidad de erradicar alguno de los aspectos que caracterizan a nuestra raza, o liberarnos de un comportamiento que ha ido arraigando a lo largo de un proceso iniciado en el período cuaternario. Aspectos que forman parte de los instintos más primitivos, fijados en nuestro paleoncéfalo, algo que constituye parte de la herencia genética y que forma parte de lo que en definitiva somos.

Con todo, la evolución del ser humano ha propiciado la aparición paulatina de un pensamiento reflexivo, que ha ido desplazando el comportamiento instintivo, algo que también forma parte del proceso evolutivo de nuestra especie y que por lo tanto, no sólo es un objetivo alcanzable, sino que es el que debería orientar nuestras acciones. Por ello, resulta paradójico que hoy nos encontramos con la terrible circunstancia de que el modelo social que hemos creado, en lugar de inducir a la reflexión y al pensamiento crítico, esta imponiendo un regreso a la rutina, al acto instintivo, a la funcionalidad y a la necesidad de sobrevivir en un entorno altamente hostil. Sin darnos cuenta, hemos creado una sociedad que también fomenta y propicia nuevamente el desarrollo de ese cerebro reptiliano, frente al pensamiento reflexivo del neocórtex, en lo que podría estar convirtiéndose en el principio de un terrible proceso involutivo, también a nivel fisiológico, de nuestra especie.

Afortunadamente y pese a todo, en medio de este oscuro panorama, siempre hay un lugar para la esperanza, pues son muchas las personas que no se resignan y que son capaces de dar la batalla… y la talla. Personas admirables que están a la altura de su grandísima humanidad, que no dudan en dar lo mejor de sí mismos y que están dispuestos a defender aquello en lo que creen. A ellos les debemos algunas de las mayores muestras de generosidad, de inteligencia y amor, y muy probablemente que la raza humana haya sobrevivido hasta hoy. Desde Jesús de Nazaret, hasta Mahatma Gandhi y la Madre Teresa de Calcuta. Desde el anonimato del que empuja una silla de ruedas, hasta quien da su vida por los demás con humildad y en silencio. El maestro o el médico, que enseñan o curan desde la abnegación y la vocación. El policía, el trabajador social o el voluntario, que creen que lo hacen vale infinitamente más de lo que por ello les pagan y pese a ello siguen haciéndolo… con una sonrisa en su cara y la felicidad en el corazón. La enfermera o el religioso, que entregan su vida a dar y preservar la vida, que lavan escaras y conviven a diario con la enfermedad y la miseria humana. El pequeño empresario, que lo arriesga todo por un proyecto desde la ilusión y el sacrificio, posibilitando y manteniendo en funcionamiento el sistema económico. Padres y madres, que en una sociedad hostil para la familia, se empeñan en sacar a sus hijos adelante contra viento y marea, sacrificándolo todo por tan noble y elemental labor, sin la cuál el ser humano dejaría de existir. Millones de héroes públicos y anónimos que día a día y a lo largo de la historia, han entregado o dedicado toda o una parte de sus vidas a paliar el dolor de sus semejantes, a perpetuar nuestra especie y a encontrar la felicidad a través de la felicidad de los demás.

Por descontado, lejos, muy lejos estoy yo de la ejemplaridad encomiable. Y si mi condición falible, humana y repleta de defectos no permite en medida alguna compararme con semejante fortaleza vital y con la integridad y el valor que hacen falta para convertirse en uno de esos héroes, considero su ejemplo como la luz que debería guiarnos a todos. Al menos, aunque sólo fuera para saber cuál es el rumbo a seguir y en qué dirección debería evolucionar la humanidad. Al menos, para saber que ese es el camino de la inteligencia y el amor... probablemente, también el de la sabiduría. Es su ejemplo el que me recuerda la obligación que tengo ante mí, ante ellos y ante esos principios inherentes a la propia condición humana. Así lo siento y así lo veo; renunciar a ello sería como apartar la mirada ante la realidad o más sencillamente, poner una mordaza a la conciencia, algo que veo hacer a diario a mí alrededor y en base a las más inconsistentes y peregrinas excusas que uno pueda imaginar. Y eso cuando alguien se molesta en darlas.

Llegados a este punto y aún aceptando que se pueda cuestionar la proximidad del peligro, sería fatuo y enormemente pretencioso pensar que nosotros vayamos a cambiar las cosas. Pero lo que si podemos hacer es ayudar a despertar a nuestra sociedad, o más sencillamente, a aquellos que tienen los conocimientos y las facultades necesarias para hacerlo. Ellos son los que deben ayudar a recuperar el rumbo extraviado; ellos son los que deben liderar el movimiento de cambio y tomar de nuevo el mando. Por descontado, me refiero a aquellos que son, precisamente, los mayores depositarios de esas dos virtudes, inteligencia y amor, algo de lo que carecen la mayoría de quienes detentan actualmente el poder político, social y económico.

Creo firmemente que deberíamos intentar contribuir a despertar a la clase intelectual –a los verdaderos intelectuales- y a quienes mayores ejemplos y muestras de amor dan a diario, para que entre unos y otros alcen la voz y remuevan las conciencias de nuestra sociedad adormecida. Y ese debería ser también el objetivo del Foro Ganivet. No hace falta más autoridad o mayor conocimiento, para insistir, desde el sentido común y el amor por la vida, que enfrentar y dividir a una sociedad es un gravísimo error, que la clase política que tenemos es absolutamente indigna, que destruir  los valores de referencia es la antesala de la aniquilación de la especie y que despreciar la vida sólo puede terminar en un profundo desprecio por nosotros mismos y lo que somos.

Por eso, desde ese sentido común y desde nuestra modesta postura, debemos aspirar a trasladar ese mensaje a nuestros semejantes, para que quienes deberían gobernarnos, asuman el control de la situación, para que el ejemplo a seguir sea el adecuado, para que de nuevo el rumbo de la sociedad y del ser humano sea el de la evolución y no el de la involución. Esa es la luz que debe guiarnos y lo que sí podemos hacer es contribuir a encenderla, a la vez que también la propagamos.

Aunque todavía clara minoría, son muchas las personas que a diario rechazan lo que esta ocurriendo y reniegan de semejante destino para nuestra especie. Seres humanos inteligentes, que son conscientes de la necesidad y la urgencia de poner en marcha esa regeneración social. Personas comprometidas, en muchos casos de forma anónima, en la recuperación de los valores, cuyo esfuerzo al no estar debidamente canalizado y sumado a otros muchos esfuerzos, resulta con frecuencia insuficiente para producir el cambio deseado. A esas personas es a las que debemos dirigir nuestro mensaje, para que sean ellos quienes de forma unánime alcen su voz, su cordura, su sensatez, su inteligencia, o incluso su autoridad académica, por encima de la estridencia y la cacofonía imperantes en nuestra sociedad.

Junto a ellos y como complemento o parte inseparable, habría que despertar y sumar las voces de los que más saben de amor; de quienes lo entregan a diario a manos llenas; de los que a buen seguro toda esta situación les dolerá en lo más profundo de su inmensa humanidad; de quienes intuyen, a través de su conciencia y su corazón, que lo que esta ocurriendo a nuestro alrededor, es causa de dolor y desamor, de hambre, de miseria, o incluso de muerte. Quien da amor ama la vida y quien ama la vida no puede ver con buenos ojos cómo ésta es destruida.
           
Más allá de lo que cada uno de nosotros podamos hacer desde otros ámbitos, o de aquello que pueda pertenecer a nuestras acciones particulares o privativas, creo que ya es hora que desde el Foro Ganivet también se trabaje en la dirección adecuada y de que nuestras voces se sumen a las muchas que ya hay. Además de servir como punto de encuentro y lugar de intercambio de conocimiento o esparcimiento, desde la generosidad y la responsabilidad, desde la experiencia y el conocimiento y sobre todo, desde la inteligencia y el amor, podemos y debemos contribuir a provocar esa necesaria y urgente regeneración social. Es una oportunidad más que la vida nos esta ofreciendo y nuestra mayor proximidad a la realidad y el hecho de ser conscientes de lo que esta ocurriendo, debería inclinarnos a asumir un mayor grado de compromiso. Esa y no otra es la responsabilidad que implica el conocimiento. Y cuando el conocimiento se pone al servicio de la Vida y de los valores fundamentales, es decir del bien, de la verdad y de la belleza, es cuando el ser humano se encuentra un poco más cerca de alcanzar la sabiduría.

Sin pedirle permiso y a modo de sentido homenaje, hemos tomado prestado para nuestro foro el nombre de Ángel Ganivet. Y si bien es cierto que no hacemos mal a nadie y que nuestra actividad es positiva, difícilmente podemos olvidar que él fue capaz de entregar su existencia a la búsqueda de una sociedad mejor y más justa, hasta el punto de aceptar la manumisión de la muerte, antes que resignarse a vivir una realidad incompatible con su sistema de valores y con su profunda espiritualidad.


“El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio”.
Platón

“Mientras las cosas son realmente esperanzadoras, la esperanza es un nuevo halago vulgar: sólo cuando todo es desesperado la esperanza empieza a ser completamente una fuerza”.       
Gilbert Keith Chesterton

27 de marzo de 2010

BIOGRAFIA DE GREGORIO MARAÑON

Marañón y Posadillo, Gregorio. Madrid, 19.V.1887 – Madrid, 27.III.1960. Médico, científico, historiador y humanista. Perteneció a las Reales Academias de la Española, Medicina, Historia, Ciencias Exactas Físicas y Naturales y de Bellas Artes de San Fernando.
     
Nacido en el seno de una familia burguesa e ilustrada, su padre, Manuel Marañón y Gómez Acebo, oriundo de Santander, conocido abogado en el Madrid de la Restauración, consejero del Banco de España, diputado por Madrid y miembro de la Real Academia de Jurisprudencia, fue coautor, junto a León Medina, de una serie de famosos compendios de legislación. Su madre, Carmen Posadillo Vernacci, natural de Cádiz, de familia de origen cántabro, falleció tres años después del nacimiento de Gregorio. Fue el cuarto de siete hermanos –uno de ellos, gemelo suyo, murió al nacer–. Durante su infancia y juventud trató a relevantes amigos de su padre que influyeron en su trayectoria vital. Entre ellos destacan José María de Pereda, Marcelino Menéndez Pelayo –que le acompañó en su examen de ingreso escolar–, y Benito Pérez Galdós –de cuya mano conoció la ciudad de Toledo, que fue tan importante en su vida–.

En el curso 1902-1903, inició sus estudios de Medicina en la Facultad madrileña de San Carlos. Fueron sus maestros Ramón y Cajal, San Martín, Alonso Sañudo, Madinaveitia y Olóriz. Antes de finalizar sus estudios, comenzó a publicar sus primeros artículos clínicos y experimentales en la Revista Clínica de Madrid. En 1909, obtuvo el premio “Martínez Molina” otorgado por la Real Academia de Medicina, que no se concedía desde 1904 cuando fue otorgado a Ramón y Cajal y que conllevaba el nombramiento de académico correspondiente. El jurado quedó desconcertado al comprobar que el autor del trabajo premiado, Investigaciones anatómicas sobre el aparato paratiroideo del hombre, aún no había finalizado su carrera de medicina. En 1910, obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura. Viajó a Alemania pensionado por el Ministerio de Instrucción Pública, donde trabajó con Paul Ehrlich –asistiendo a la terminación de sus estudios sobre el compuesto 606, conocido con el nombre de salvarsán–, y con el profesor Embden, familiarizándose con las líneas de investigación médica más avanzadas del momento. A su regreso publicó La quimioterapia moderna según Ehrlich. Tratamiento de la sífilis por el 606 y sus primeros trabajos sobre la enfermedad de Addison. En 1911, elaboró su tesis doctoral, La sangre en los estados tiroideos, obteniendo el Premio Extraordinario de Doctorado. Ganó por oposición –con el número 1–, una plaza de médico de la Beneficencia Provincial, solicitando como destino el Servicio de  enfermedades infecciosas del Hospital General de Madrid. Allí realizó una ingente labor clínica y científica, atendiendo con enorme generosidad a sus pacientes, a los que con frecuencia ayudaba materialmente, y mejorando también por su cuenta el equipamiento de su Servicio. En julio de ese mismo año contrajo matrimonio con Dolores Moya Gastón de Iriarte, hija de Miguel Moya, uno de los periodistas más influyentes de su tiempo, director de El Liberal, fundador y primer presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid, senador y Académico de la Real Academia de Jurisprudencia. Por línea materna, Lola Moya era nieta del almirante Gastón de Iriarte, Capitán General de Filipinas. Su mujer, como compañera y colaboradora, fue determinante en su vida y obra. Fruto de este matrimonio nacieron cuatro hijos, un varón y tres mujeres.

Sus trabajos científicos y experimentales se centraron en la lucha contra las enfermedades infecciosas y la endocrinología, de la que fue pionero en nuestro país. Sus tratados médicos y humanísticos alcanzaron sucesivas ediciones y fueron traducidos a numerosos idiomas. Al tiempo que publicó La doctrina de las secreciones internas. Su significación biológica y sus aplicaciones a la Patología (1915), apareció el primero de sus prólogos. Con Teófilo Hernando inició una larga y fecunda colaboración al codirigir el Manual de Medicina Interna (1916), primer tratado de su especieelaborado por autores españoles. En 1918, viajó a Francia comisionado por el Gobierno español –junto a los doctores Pittaluga y Ruiz Falcó-, para estudiar la etiología de la epidemia gripal que asolaba España y elaborar propuestas para combatirla, entablando amistad con científicos europeos como Fleming, Babinski y Cushing. Por entonces publicó La edad crítica (1919), que sufrió diversas revisiones hasta la definitiva Climaterio de la mujer y del hombre (1937), y La diabetes insípida. Nuevas orientaciones sobre su patogenia y tratamiento (1920). Sus investigaciones sobre la adrenalina, resultaron fundamentales para sus innovadores trabajos sobre la emoción. Así, publicó varios artículos, entre otros “La emoción” (1920) y “Contribución al estudio de la acción emotiva de la adrenalina” (1922) que, en su traducción francesa, se convirtió en el trabajo más citado de la literatura científica marañoniana. Al cabo de diez años de ejercicio profesional gozaba de un amplio prestigio internacional como consecuencia de algunas de sus aportaciones a la ciencia clínica como su descripción del síndrome pluriglandular, sus trabajos sobre insuficiencia suprarrenal, fisiopatología tiroieda, hipofisaria e hipotalámica, su concepto de edad crítica, sus aportaciones acerca de la emoción y los estados prediabéticos, el síndrome A-B-D, entre otras. Los tratados de endocrinología conocen como “signos de Marañón”, la mano hipogenital (1918) y la mancha roja tiroidea (1922).

Desde 1917, amplió el campo de sus inquietudes comenzando a publicar artículos sobre cuestiones sociales y políticas –sin dejar de lado su quehacer médico e investigador–. Junto a amigos, artistas e intelectuales, de su generación, realizó largos viajes por España. Por entonces fue retratado por Sorolla y Zuloaga y, más tarde, por Benlliure, Barral, Solana, Benedito, Macho y Vázquez Díaz. A su consulta en el Hospital añadió el ejercicio de la medicina privada contando entre sus pacientes a algunas de las personalidades nacionales y extranjeras más relevantes de su tiempo. Era ya por entonces una de las figuras más admiradas y conocidas de todo el país. En 1919, fue nombrado consejero de Sanidad y, en 1920, de Instrucción Pública –en sendos Gobiernos liberales–. Ese mismo año viajó a Alemania para visitar hospitales y preparar las directrices del futuro Hospital del Rey. Por entonces, fallecieron tres personas que habían sido decisivas en su juventud, su padre, Miguel Moya y Galdós. En 1921, adquirió y restauró el Cigarral de Menores, lugar de enorme trascendencia en su vida en donde escribió una parte sustancial de su obra. En su casa toledana reunió a muchas de las personalidades españolas y extranjeras que configuraron la historia de su tiempo.

El 12 de marzo de 1922, al contar 35 años, ingresó como académico de número en la Real Academia de Medicina. Su discurso versó sobre el Estado actual de la doctrina de las secreciones internas. En el verano de ese mismo año, protagonizó el famoso viaje a Las Hurdes junto a Alfonso XIII. Aquella expedición a una de las zonas de mayor marginalidad de España, permitió poner en marcha acciones terapéuticas que paliaron el hipotiroidismo congénito y endémico de su población. Este viaje marcó un hito fundamental en la vida del doctor Marañón, plasmando su compromiso, como intelectual y como español, con el devenir de su país.

Dentro de las corrientes culturales e intelectuales de la España contemporánea fue miembro destacado de la conocida como generación del 14. Su biografía intelectual estuvo marcada por la defensa de los principios liberales –respeto y tolerancia hacia las ideas de los demás, la comprensión como pauta de actuación, la defensa de la libertad como valor humano esencial...–. En ese contexto, la interrupción del sistema político de la Restauración por la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, en septiembre de 1923, determinó su implicación en la vida política de española. Entonces, desde diferentes ámbitos científicos y culturales –como, por ejemplo, desde la presidencia del Ateneo de Madrid–, enarboló la bandera del liberalismo. Su  proximidad intelectual y personal con Miguel de Unamuno hizo que el cese de éste en sus cargos universitarios y su destierro ahondasen el enfrentamiento de Marañón con la Dictadura. En 1925, su desacuerdo con la política sanitaria de Martínez-Anido, le llevó a dimitir de su cargo de director del Hospital del Rey. En 1926 se produjo la conspiración cívico-militar conocida como La Sanjuanada. Aunque no participó en ella, le fue impuesta una multa de 100.000 pesetas y sufrió prisión en la Modelo de Madrid durante un mes –período durante el cual tradujo la obra del inglés Friedrich Hardman, sobre el conocido héroe de la guerra de la Independencia, el Empecinado–.

Entretanto, Marañón publicó a finales de los años veinte una serie de trabajos científicos que obtuvieron un notable éxito. Sus Tres Ensayos sobre la vida sexual (1926), provocaron una auténtica convulsión social en la España de la época. En este trabajo Marañón se ocupaba, entre otras cosas, de los conceptos de diferenciación sexual e intersexualidad, que estaban en el fundamento de su idea de la sexualidad y que dieron origen, por ejemplo, a su famosa teoría del donjuanismo –que desmitificaba éste como arquetipo de virilidad–. En Gordos y flacos (1926), Marañón se fijó en el tratamiento endocrino de la obesidad, y en la relación entre peso –constitución morfológica– y psicología. En Amor, conveniencia y eugenesia (1929), desarrolló una teoría acerca de la constitución familiar y los deberes que los seres humanos tenían para con la sociedad en función de su edad y sexo –prestando especial atención a la juventud y su protagonismo en las sociedades de entonces, cuando las masas irrumpieron en la escena pública–. En su prólogo criticaba con extrema dureza a la Dictadura de Primo de Rivera, al tiempo que, en el que escribió al libro de Marcelino Domingo, ¿A dónde va España?, mostraba su ostensible aproximación al socialismo.

En enero de 1930, al terminar la Dictadura primorriverista, Marañón era uno de los principales referentes intelectuales del momento. Hombre respetado por la inmensa mayoría de los protagonistas de aquella hora, se convirtió en adalid del movimiento republicano. Con la crisis de la Monarquía, fundó e impulsó, junto a José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, la Agrupación al servicio de la República, plataforma que auspició la llegada del régimen republicano de 1931. En esta coyuntura es conocida la decisiva reunión que se celebró en su despacho el 14 de abril en donde el conde de Romanones y Niceto Alcalá-Zamora pactaron la transición de la Monarquía a la República y la salida de Alfonso XIII de España. La ascendencia social y política de Marañón hizo que figurase entre los candidatos a la presidencia de la II República. En la política republicana tuvo un papel destacado. Elegido diputado para las Cortes Constituyentes que elaboraron la Constitución promulgada en diciembre de 1931, en diversas ocasiones renunció a ofrecimientos para formar Gobierno o ser ministro. La paulatina radicalización e intransigencia de la vida política española, le llevó a alejarse del primer plano político renunciando a su escaño en mayo de 1933.

En el verano de 1931, Marañón fue nombrado catedrático de Endocrinología –era la primera vez que se dotaba a esa disciplina de entidad propia en la universidad española–. En el Instituto de Patología Médica desarrolló una intensa labor científica, formando colaboradores y dirigiendo diferentes investigaciones. La relevancia científica y cultural que Marañón había atesorado en estos años tuvo otros reconocimientos importantes como su nombramiento de doctor honoris causa por la Universidad de La Sorbona (1932) y su elección como numerario de las Academias Española (1933), de la Historia (1934) y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1934) –en las que ingresó en 1934, 1936 y 1947 respectivamente–.

En esos años publicó sus primeros ensayos históricos fijándose, especialmente, en el género biográfico y fundando lo que se ha denominado psicohistoria. Así, en obras como Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo (1930), Amiel. Un estudio sobre la timidez (1932), Las ideas biológicas del padre Feijoo (1934), El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar (1936) o Tiberio. Historia de un resentimiento (1939), analizaba aspectos del comportamiento humano como la timidez, la pasión de mandar, la impotencia o el resentimiento. Su narrativa se caracterizó por una excelente prosa que introduce al lector en el universo de cada personaje histórico y su época. Su estilo literario, caracterizado por la claridad de su prosa, produjo ensayos relevantes donde abordaba diferentes aspectos éticos y filosóficos.En Raíz y Decoro de España (1933), reflexionaba sobre la circunstancia del hombre contemporáneo. Ante la crisis de las democracias parlamentarias liberales europeas y el auge de las dictaduras totalitarias, Marañón constató la defunción del liberalismo político en España, al tiempo que reivindicaba la defensa de los principios liberales como rectores de la conducta individual. En Vocación y ética (1936), se ocupó de la preparación integral del médico y de su conducta y deberes con la sociedad.

En los meses finales de la II República, al advertir la extraordinaria radicalización política y el ascenso de la violencia a la que se estaba asistiendo desde finales de 1934, Marañón realizó constantes llamamientos a la responsabilidad, a la comprensión, al respeto de la normalidad democrática y a la concordia civil. A diferencia de otros intelectuales que le eran afines, en los meses inmediatamente anteriores a la guerra civil, confiaba en el futuro de la República y achacaba la inestabilidad política y social existente a la inmadurez pasajera del régimen de 1931. Cuando el 18 de julio de 1936 se produjo la sublevación militar Marañón, que se encontraba en Portugal visitando a un enfermo, regresó apresuradamente a Madrid para apoyar a la República. Sin embargo, los acontecimientos revolucionarios vividos en Madrid en los meses de agosto y septiembre, los asesinatos, entre otros muchos, de Calvo Sotelo, Melquíades Álvarez, Manuel Rico Avello o de Fernando Primo de Rivera –colaborador suyo en el Instituto de Patología Médica–, así como su propio paso por las checas y las presiones que sufrió para que firmase algunos manifiestos, le distanciaron del régimen republicano. Al correr peligro su vida, a mediados de diciembre de 1936 partió hacia París. Desde allí apoyó al bando “nacional” con artículos como Liberalismo y comunismo (1937) en donde se percibe su visión de la guerra civil como una lucha entre el comunismo y el anticomunismo, lo foráneo y lo español. Consideraba que la República liberal había fenecido y que en la guerra que se estaba librando, aunque los dos bandos eran antidemocráticos, uno estaba encaminado a instaurar un régimen comunista en tanto que el otro daría lugar a una dictadura que contemplaba como transitoria hacia una nueva era liberal depurada de errores pasados. Como muchos de aquellos intelectuales, se percató del peligro que llamaron de bolchevización o sovietización del Gobierno de Madrid, pero no se dio cuenta –o lo minimizó comparativamente–, del peligro fascista durante la guerra. Desde los meses finales de la contienda civil, insistió en la necesidad de la reconciliación nacional para la construcción de la futura España.

En los años que permaneció en París –hasta finales de 1942–, fue autorizado a ejercer la medicina en los hospitales franceses y en su consulta privada. Al mismo tiempo llevó a cabo una intensa investigación en los Archivos Nacionales buscando documentación para la elaboración de una historia de la emigración política española que nunca vio la luz como tal, pero cuyos resultados subyacen en la mayor parte de sus obras históricas de años venideros –como por ejemplo, en Luis Vives. Un español fuera de España (1942), Antonio Pérez (el hombre, el drama, la época) o Españoles fuera de España (ambas en 1947)–. Otros de sus ensayos que vieron la luz en este período tenían como trasfondo la melancolía de España y el tiempo perdido como consecuencia de la guerra civil –Tiempo viejo y tiempo nuevo (1940), Elogio y nostalgia de Toledo (1941)–. También realizó sendos viajes a varios países de Latinoamérica (1937 y 1939), donde dictó conferencias y recibió diferentes honores académicos como, por ejemplo, el doctorado honoris causa por la Universidad peruana de San Antonio de Cuzco y su incorporación a la Academia Nacional de Medicina de Perú.

Marañón regresó a España en el otoño de 1942. Si bien la Dictadura –como hizo con otros intelectuales– utilizó su figura para mejorar su imagen exterior, Marañón asumió la tarea de recuperar la tradición liberal que el régimen de Franco trató de erradicar y cuyas raíces se remontaban al período ilustrado. Así, “la mayor aportación política de Marañón fue sin duda haber levantado la bandera del liberalismo, de la libertad, en una época en que pocos o ninguno podían hacerlo” (Miguel Artola). Desde su defensa del liberalismo ético, encabezó los primeros manifiestos que denunciaban desde el interior la situación política y solicitaban el regreso de los exiliados. Mantuvo su amistad con algunos de los más relevantes exiliados como Francesc Cambó, Luis Araquistain, Salvador de Madariaga o Indalecio Prieto quien, en 1956, le escribía “es la de usted la única voz que me llega desde España para reconfortarme y consolarme”. Con algunas excepciones, como la de ciertos sectores del falangismo, el franquismo respetó su figura, lo que le permitió amparar a otros españoles y difundir su pensamiento y conducta liberal influyendo, decisivamente, en ámbitos intelectuales y universitarios. Como escribió J. L. López Aranguren, “la lección moral de Marañón fue no sólo personal y profesional vocacional, sino también política. Su ética severa estuvo penetrada de humana comprensión, y de esta comprensión  brotó su profundo liberalismo, que le llevó  a ser, hasta su muerte, el más alto poder moderador que en el orden social hubo en España, el último gran liberal dieciochesco”.

 En 1944, se reincorporó al puesto de médico de la Beneficencia Provincial de Madrid y, dos años más tarde, en 1946, retomó su cátedra de Endocrinología al tiempo que promovió la aparición del Boletín del Instituto de Patología Médica. Desde entonces, y hasta su fallecimiento, continuó entretejiendo los mimbres de esta disciplina en España. En sus tratados médicos se fijó en cuestiones de deontología profesional. En línea con su visión humanista de la ciencia, manifestó su preocupación por su creciente y excesiva tecnificación en obras como el Manual de diagnóstico etiológico (1943) o La Medicina y nuestro tiempo (1954).

Entonces publicó algunas de sus mejores obras. Entre otras, Ensayos liberales (1947), donde insistió en la pervivencia del liberalismo como pauta de conducta. Desde el punto de vista historiográfico, mientras las corrientes en boga exaltaban el pasado católico e imperial de España, Marañón se ocupó de su desmitificación –sobre todo de Felipe II–. Se fijó en temas como las Comunidades de Castilla, la expulsión de los moriscos, el siglo XVIII o el liberalismo decimonónico. Su obra Antonio Pérez (el hombre, el drama, la época), publicada en 1947, es la que ha conformado, junto a su biografía sobre el conde-duque de Olivares, su gran aportación a la historiografía contemporánea española.

En 1947, ingresó en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En su discurso –dedicado a su predecesor, Santiago Ramón y Cajal–, expuso, de modo sintético, las principales pautas de su pensamiento científico y universitario. En años posteriores continuó siendo objeto de diversas distinciones científicas y culturales. Su elección como numerario para la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1953, supuso el reconocimiento a toda una vida dedicada al cultivo de las ciencias, las artes y las letras. En 1956, ingresó en la corporación con el discurso “El Toledo del Greco” –tema al que dedicó un ensayo publicado por entonces–. En 1958, fue nombrado primer presidente del Centro de Investigaciones Biológicas (CSIC). Del mismo modo, continuó recibiendo diferentes honores académicos internacionales como, por ejemplo, su nombramiento de doctor honoris causa por la Facultad de Medicina de Oporto (1946), su elección como académico de Ciencias Morales y Políticas de París y de Ciencias de Nueva York (ambas en 1956), o su investidura honoris causa por la Universidad de Coimbra (1959).

Con el fallecimiento de Gregorio Marañón el 27 de marzo de 1960, España perdió a una de las personalidades más respetadas de su siglo XX. Traducida a los idiomas más importantes del mundo, su vastísima obra se cifró, que conozcamos, en la publicación de un total de 125 libros, entorno a 1.800 artículos, 146 discursos, 336 conferencias y más de 230 prólogos. Su obra médica se plasmó en cerca de 1.056 artículos de investigación y 32 monografías publicadas en los países científicamente más avanzados. Sus descubrimientos sobre las glándulas de secreción interna, las enfermedades infecciosas, la emoción, la diabetes, la obesidad y sus trabajos sobre biología sexual, entre otros, le otorgaron fama mundial. Como han señalado Pedro Laín Entralgo y Juan Rof Carballo, su labor docente estuvo marcada por la creación de la especialidad de la endocrinología y la antropologización de la medicina. Gran conocedor del hombre, en el campo de la psicología, sus consideraciones sobre procesos psicológicos y psicopatológicos resultaron fundamentales en temas como las edades, los sueños, el resentimiento, el hambre, la timidez, etc. Al ser sus aportaciones ampliamente recogidas en la literatura internacional se convirtió en uno de los nombres españoles más citados en los libros de psicología del mundo entero. Sus ensayos literarios y sus estudios históricos también alcanzaron una amplia difusión nacional e internacional. Fue intelectual comprometido con el destino de su país y participó en muchos de los acontecimientos culturales, sociales y políticos más importantes de su tiempo. Como ha indicado Alejandra Ferrándiz, disfrutó de un extraordinario carisma, personal y social, que le acompañó siempre. La impresionante multitud que acompañó su cortejo fúnebre en Madrid, representaba el reconocimiento que la sociedad española tributaba a la vida y obra del Dr. Marañón. En 1987, al cumplirse el centenario de su nacimiento, el rey Juan Carlos I recordó en el Acto Conmemorativo del Centenario en la RAE. “cómo los estudiantes de mi generación recibimos [de Marañón], a través de enseñanzas y lecturas, el aliento y la invitación al trabajo y al patriotismo, de este español excepcional […]. Marañón vivió comprometido con los valores que son necesarios en todo tiempo: la libertad, el sentido trascendente de la vida, el amor a la Patria propia y la vocación intelectual como servicio” y manifestó su satisfacción al crear el título de marqués de Marañón, con Grandeza de España –para sus descendientes–, en memoria de Gregorio Marañón y Posadillo “médico, científico y humanista, que hizo inseparables esas tres condiciones en su persona y en su obra […], auténtico intelectual cuya figura marcó la época de la historia de España que le tocó vivir”.

Obras de ~: Obras Completas, Madrid, Espasa-Calpe, 1966-1977. Medicina: Lecciones de Patología Quirúrgica tomadas en la cátedra del Dr. Alejandro San Martín, curso 1907-1908, Madrid, Vidal, 1907; La quimioterapia moderna según Ehrlich. Tratamiento de la sífilis por el 606, Madrid, Vidal, 1910; La sangre en los estados tiroideos, Madrid, 1910 (Tesis Doctoral, inéd.); Las glándulas de secreción interna y las enfermedades de la nutrición, Madrid, Ruiz, 1914; La doctrina de las secreciones internas. Su significación biológica y sus aplicaciones a la clínica, Madrid, Corona, 1915; con Teófilo Hernando (dirs.), Manual de Medicina Interna, Madrid, Ruiz, 1916; Sobre el diagnóstico y el tratamiento del bocio exoftálmico y de los estados hipertiroideos, Madrid, Valentín Tordesillas, 1917; La Edad Crítica, Madrid, Sociedad Española de Publicaciones Médicas, 1919; Nuevas orientaciones sobre la patogenia y tratamiento de la diabetes insípida, Madrid, Calleja, 1920; Problemas actuales de la doctrina de las secreciones internas, Madrid, Ruiz, 1922; La acción como carácter sexual, Madrid, Caro Raggio, 1925; Tres Ensayos sobre la vida sexual, Madrid, Biblioteca Nueva, 1926; Gordos y Flacos. Cinco ensayos breves sobre el estado actual del problema de la patología del peso humano, Madrid, Cuadernos de Ciencia y Cultura, 1926;  El bocio y el cretinismo. Estudio sobre la epidemiología española y la patogenia de esta enfermedad, Madrid, Páez, 1927; Sobre los accidentes graves en la enfermedad de Addison y su probable patogenia, Madrid, Morata, 1929; Manual de las enfermedades del tiroides, Barcelona, Marín, 1929; La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales, Madrid, Morata, 1930; Estudios de fisiopatología sexual, Barcelona, Marín, 1931; Lecciones explicadas durante el curso de Endocrinología, 1931-1932, Madrid, Librería Médica R. Cheno y Compañía, 1933; Once lecciones sobre reumatismo, Madrid, Espasa-Calpe, 1933; Ginecología endocrina, Madrid, Espasa-Calpe, 1935; Climaterio de la mujer y del hombre, Madrid, Espasa-Calpe, 1937; Problemas clínicos de los casos fáciles, Madrid, Espasa-Calpe, 1937; Estudios de Endocrinología, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1938; Manual de las enfermedades endocrinas y del metabolismo, Buenos Aires, Hachette, 1939; con Charles Richet, Estudios de fisiopatología hipofisaria, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1940; Diagnóstico precoz de las Endocrinopatías, Lima, Revista Terapéutica Peruana, 1940; Nuevos problemas clínicos de las secreciones internas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1940; con Charles Richet, Alimentación y regímenes alimentarios, Madrid, Espasa-Calpe, 1942; Manual de diagnóstico etiológico, Madrid, Espasa-Calpe, 1943; con Jesús Fernández Noguera, La enfermedad de Addison (estudio de 400 casos), Madrid, Espasa-Calpe, 1949; Crítica de la medicina dogmática, Madrid, Espasa-Calpe, 1950; con Justo Gimena y Miguel Merchán, Diecisiete lecciones sobre el reumatismo, Madrid, Espasa-Calpe, 1951; El crecimiento y sus trastornos, Madrid, Espasa-Calpe, 1953; La medicina y nuestro tiempo, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1954; Fisiopatología y clínica endocrinas, México, Patria, 1955; La medicina y los médicos, Madrid, Espasa-Calpe, 1962. Ensayos: Amor, conveniencia y Eugenesia, Madrid, Historia Nueva, 1929; Raíz y decoro de España, Madrid, Espasa-Calpe, 1933; Meditaciones, Santiago de Chile, Nueva Época, 1933; Vocación y ética y otros ensayos, Madrid, Espasa-Calpe, 1936; Vida e historia, Buenos Aires, Sur, 1937; Crónica y gesto de la libertad, Buenos Aires, Hachette, 1938; Tiempo viejo y tiempo nuevo, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1940; Don Juan, Madrid, Espasa-Calpe, 1940; Elogio y nostalgia de Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1941; Ensayos liberales, Madrid, Espasa-Calpe, 1947; Españoles fuera de España, Espasa-Calpe, Madrid, 1947; Cajal, su tiempo y el nuestro, Santander, Viento Sur, 1950; Efemérides y comentarios, Madrid, Espasa-Calpe, 1955; El Greco y Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1956, Historia: El Empecinado visto por un inglés, Madrid, Ruiz, 1926; Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, Madrid, Espasa-Calpe, 1930; Amiel. Un estudio sobre la timidez, Madrid, Espasa-Calpe, 1932; Las ideas biológicas del padre Feijoo, Madrid, Espasa-Calpe, 1934; El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar, Madrid, Espasa-Calpe, 1936; Tiberio. Historia de un resentimiento, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1939; Don Juan. Ensayos sobre el origen de su leyenda, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1940; Luis Vives (Un español fuera de España), Madrid, Espasa-Calpe, 1942; Antonio Pérez (el hombre, el drama, la época), Madrid, Espasa-Calpe, 1947; Los tres Vélez (Una historia de todos los tiempos), Madrid, Espasa-Calpe, 1962; Expulsión y diáspora de los moriscos españoles, Madrid, Taurus, 2004. Poesía: Poemas, Madrid, Espasa-Calpe, 1964.

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Gregorio Marañón y Bertrán de Lis
Antonio López Vega

Texto del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia
Fuente: FUNDACION GREGORIO MARAÑON  www.fund-gregorio-maranon.com